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DEL PATRONATO DE LA ALHAMBRA Y GENERALIFE

20 noviembre 2020

La Alhambra: de ciudad palatina a Patrimonio Mundial

Foto: Fermin Rodriguez.
Foto: Fermin Rodriguez.

La Alhambra es uno de los monumentos más deslumbrantes de la historia de la Humanidad. Fue construida por la última dinastía hispanoárabe que habitó la Península. La estirpe Nazarí (1238-1492) estableció su capital en Granada y sus primeros gobernantes mandaron a construir, sobre la colina roja de la Sabika, una alcazaba que fue el germen de la ciudad palatina. La Alhambra es más que una irrepetible página de la historia del arte. Es, ante todo, un mito imperecedero que se construyó con técnicas que marcaron un antes y un después en la historia de la arquitectura. Carpinteros, ceramistas y calígrafos erigieron un arte insólito y original que aún sigue llamando a la admiración.

Fue al-Ahmar quien, a mediados del siglo XIII, fijó sus ojos en la colina roja. Durante su gobierno supervisó de modo personal las obras de su Alcazaba, erigida en la parte saliente de la montaña, como la proa de un barco a punto de zarpar. Se cree que en vida vio terminadas las torres del Homenaje y la Vela. Sus descendientes Muhammad II (1273-1302) y Muhammad III (1302-1309) reforzaron la alcazaba y mandaron construir baños y una mezquita situada en el solar donde hoy se alza la Iglesia de Santa María. Por aquel tiempo se creó el Generalife.

Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIV para asistir al auge constructivo. El sultán Yusuf I (1333-1354) reformó la alcazaba hasta convertirla en una sólida construcción castrense, amplió el recinto amurallado, abrió puertas y calles y reforzó torres. Bajo su gobierno enriqueció el Palacio de Comares, sede del trono. Pero fue su hijo Muhammad V (1362-1391) quien colmó de riqueza las más nobles zonas del Alcázar del Sultán. A él se debe, además, la suntuosidad de los baños reales y el proyecto global del Patio de los Leones y todas sus salas. Los últimos reyes de Granada apenas modificaron la silueta urbana de la ciudadela. Sus gobiernos se vieron envueltos por luchas civiles que precipitaron la caída del reino en los primeros días del año 1942.

Imagen del Patio de los Leones en el S. XIX. Foto: Jean Laurent (Archivo de la Alhambra)

Los Reyes Católicos Isabel y Fernando dictaron trabajos de reconstrucción a las pocas horas de que sus emblemas ondearan en la Torre de la Vela. La primera decisión fue abrir nuevos caminos de acceso a la fortaleza. A la vez, fueron encargadas tareas de reparación en torres y murallas.

Los Reyes Católicos incorporaron la Alhambra a la Corona. Isabel y Fernando nombraron a Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, primer alcaide de la Alhambra, tras su destacada participación en la conquista de Granada. Su primera medida fue adoptada en 1494, al ordenar rellenar el barranco que separaba la alcazaba de la residencia palatina con el fin de construir un aljibe que hoy lleva su nombre.

La reina Juana cuidó la Alhambra al igual que su hijo, el emperador Carlos V. En 1526, junto a su esposa Isabel de Portugal, el Emperador ordenó erigir un palacio junto a las casas reales de Comares y Leones. Felipe II destinó nuevos impuestos a la conservación del monumento, que para entonces ya había empezado a despertar la curiosidad de los viajeros del siglo XVII.

La centuria siguiente trajo momentos de incertidumbre al conjunto monumental. El rey Felipe V desposeyó de la alcaldía de la Alhambra a los marqueses de Mondéjar, que desde finales del siglo XV tenían encomendada la guarda y custodia del espacio áulico. Mediado el siglo XVIII, Carlos III volvió a mostrarse sensible por la conservación del monumento, confiando su custodia a los Oidores de la Chancillería. En el año 1792 se aprobó consignar, con cargo a los presupuestos de la Corona, una cantidad anual para las más urgentes necesidades.

La dominación francesa trajo peores tiempos. En un principio, bajo el gobierno del general francés Horacio de Sebastiani, se acometieron algunas reparaciones, pero en 1812, año en el que los franceses abandonaron la ciudad, sus tropas volaron parte del conjunto, desde la Torre de la Justicia a las de las Infantas, haciendo añicos los torreones del Agua y de los Siete Suelos. Los daños causados por las tropas francesas quedaron sin reparar hasta 1830, cuando Fernando VII destinó cincuenta mil reales. Su hija, la reina Isabel II, amplió esta cantidad y auspició nuevas reparaciones en el conjunto de los palacios reales.

Patio de Comares. Foto: Pepe Marín

A una etapa de reivindicaciones acerca del estado del monumento, secundadas activamente por Washington Irving (1783-1859) se suma un creciente interés de la sociedad por los jardines de la Alhambra y el orientalismo que evoca en el imaginario romántico, muy bien reflejado en las artes plásticas del momento.

Con la revolución de 1868 la Alhambra queda desligada de la Corona y pasa al dominio del Estado, declarándose en 1870 “monumento nacional”. Desde entonces le fue asignado un presupuesto anual que fue aumentando con los años. A lo largo del siglo XX se acometieron las más importantes obras de restauración, lideradas por personalidades como Leopoldo Torres Balbás, considerado el padre de la Alhambra moderna.

Con la entrada del siglo XX, el cuidado de la Alhambra se confía a una Comisión (1905), sustituida en 1913 por un Patronato que en 1915 pasa a depender de la Dirección General de Bellas Artes. En 1944 se crea un nuevo Patronato que se mantiene hasta el traspaso a la Comunidad Autónoma de Andalucía de las funciones y servicios del Estado en materia de cultura.

La Alhambra y el Generalife fueron declarados Patrimonio Mundial por la Unesco en el año 1984, declaración ampliada en 1994 al barrio granadino del Albaicín. A partir de ahí, la investigación, el desarrollo y la innovación irán acompañados de sistemas técnicos pioneros que se pondrá en marcha en la Alhambra como ejemplo de planificación. Y todo para convertir este lugar en referencia internacional de la conservación y la experiencia cultural.

Los Banu Nars, la dinastía nazarí fundada por el sultán al-Ahmar, la creó y hoy la Alhambra sigue tan viva como entonces, muchos siglos después, sobre una colina que irradia sabiduría, belleza y sensibilidad, palabras de los versos que están en sus paredes.

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