Karina Sainz Borgo: «Nazarena bebe de mis pesadillas y de Granada»
En el imaginario de Karina Sainz Borgo –escritora y periodista cultural del diario ABC- Granada es una ciudad que le pertenece. En la realidad, es el lugar donde encuentra refugio para escribir, cubierta por el manto del sol sureño y acompañada siempre por los vencejos que cortan el cielo.
Es precisamente aquí, en Granada, donde Sainz Borgo pudo desarrollar una idea que llevaba tiempo anidando en su cabeza y atarla con el mundo de las emociones, sensaciones y olores andaluces. Esa idea se convirtió en Nazarena (Alfaguara) la cuarta novela que publica y la obra seleccionada para del Club de lectura de la Alhambra, que se realizará el 20 de mayo en la Salón de actos del Palacio de Carlos V y que contará con la presencia de la escritora.
Nos encontramos en El Realejo, su barrio favorito, para hablar de Nazarena. La espero en un lugar con grandes ventanales que dan hacia la calle. La veo llegar. Dice mi nombre, levanta el brazo y agita la mano. Son las 18:00 h y es una de esas tardes en las que el calor se diluye con el fresquito de la ciudad. Lo primero que dice al entrar, a forma de saludo, es «Muchísimas gracias». Lleva un vestido negro sin mangas y una cartera, grande, del mismo color. Intuyo que dentro está su portátil. A ella le gusta escribir en bares, en trenes, en el metro. Escribe siempre. Escribe en movimiento. A Karina Sainz Borgo le gusta escribir en Granada.
- ¿Por qué te gusta tanto granada?
- Es una ciudad extraña, fronteriza, mestiza. Es el lugar donde se desdibujan identidades, donde emergen identidades inéditas. Los nazaríes no son ni completamente árabes ni completamente españoles. Me encanta Granada, probablemente porque sea una ciudad que yo he inventado en mi cabeza que me pertenece, porque huele igual a mi infancia, porque el Albaicín huele a jazmín, porque las matas de limón huele igual y porque puede ser uno de los pocos lugares de España que haya sentido como propio después de 20 años viviendo aquí.
- Granada y Nazarena: ¿qué tiene que ver la una con la otra?
- ¡Todo!
- ¿Qué tanto influyó esta ciudad para escribir la novela?
- Todo. Cuando yo empecé a escribir Nazarena tenía una idea en la cabeza que estaba muy fija a lo largo del tiempo: una zaga familiar, no lorquiana, sino muy personal. Era la historia de la familia de mi madre. Una historia con muchísima convicción de retratar locuras, afecciones, tragedias, pero esa historia se quedó sin tierra. Yo no tenía tierra donde meter las manos. En la primera parte de la novela, Nazarena dice que ella escarba la tierra y siente que las lombrices le tocan las yemas de los dedos. Yo no tenía lombrices que tocar y aquí conseguí un sitio de manera aleatoria-. Granada para mí era el territorio de las sensaciones, de los olores y también es verdad que mi padre estaba muriendo cuando yo escribí la novela. El único lugar al que yo venía a escribir, en el que yo sentía una cosa parecida a la infancia era aquí y, por supuesto, era en un momento de flaqueza, de necesidad personal. La Alhambra se convirtió en una reminiscencia de mi infancia que para esta novela era necesario, porque estaba exhumando cosas que me eran muy necesarias y al mismo tiempo eran muy fantasmagóricas. Yo siempre digo que soy la Brígida del libro. Insisto: a mi Granada me presta sus recuerdos, me presta patios que no son míos de infancia pero me recuerda eso. Entonces, Nazarena bebe de mis pesadillas y bebe de Granada.
- ¿Y qué bebe de Lorca?
- (Suspira largo y fuerte) Es muy difícil evocar un concierto de mujeres en una casa sin pensar en (Federico García) Lorca y, por supuesto, el fraseo de él está presente en todos los sentidos. Desde la idea misma, política, de mujeres habitando una casa, porque es evidente que La casa de Bernarda Alba está hablando de las pugnacidades entre las herencias, hasta la sensibilidad asesina, violenta, como lo tienen las Vicentas (núcleo familiar de la novela) y porque hay un personaje que es el único que le da luz a la trama, que es Antonio Mendoza, Mendito, que nace en Guadix y es un retrato de la España del siglo XX, que es de alguna manera la España de Manuel de Falla, de Federico García Lorca.
- La novela está llena de símbolos y números ¿Fue algo premeditado?
- Sí.
- ¿Y representan algo en tu cotidianidad?
- Cuando mi abuelo materno murió dijo que veía ocho mujeres alrededor de su cama. Es una anécdota familiar que posiblemente he masticado incorrectamente. Quizá lo esté citando mal, pero sí sé que era una anécdota familiar. “Veo ocho mujeres alrededor de mi cama”, que era una madre y siete hermanas. Claramente Nazarena bebe de la familia de mi madre, que es una familia criolla venezolana de la Cordillera Central, fruto de tres hermanos italianos que partieron de Véneto (Italia) a Turmero (Venezuela) y se casaron con tres hermanas. Si no estuvieran los registros civiles yo diría que todo era falso, pero realmente en 1890 hay bodas y todos los números obedecen a pautas naturales: fueron ocho, fueron tres con tres; es decir, sí había toda una mitología en la familia que probablemente fuera tan ficticio, como las invenciones de los Aurelianos, (refiriéndose a los personajes de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez) porque esa es otra cosa, la familia caribeña, las familias universales en general, creamos leyendas de nuestros antepasados.
- ¿Tu madre leyó la novela?
- Mi madre es una mujer infinitamente inteligente, que me dotó de todas las armas para yo lidiar con el conflicto. Si yo escribo es por ella. Yo empecé a escribir a raíz de un castigo escolar, en el cual yo expresé cosas que eran inadecuadas en un contexto infantil y ella me dijo: «todo lo que escribas, escríbelo en este cuaderno». Mi madre es tan inteligente que tengo la sensación que ha leído la novela y se ha reservados sus comentarios.
- ¿No te ha dicho nada?
- A mí no me lo ha dicho, pero insisto, ella es una mujer tan inteligente que entenderá que estoy peleando con mis demonios.
Entrevista realizada por Betty Hernández.





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