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DEL PATRONATO DE LA ALHAMBRA Y GENERALIFE

02 junio 2021

Los paseos de la Alhambra en el siglo XIX

Paseo de los Mártires (Chapuy y Lemercier, hacia 1834).
Paseo de los Mártires (Chapuy y Lemercier, hacia 1834).

Quien a principios del siglo XIX subía por la cuesta de Gomérez, al llegar a la Puerta de las Granadas se encontraba con una placa que indicaba “Jurisdicción de la Alhambra”. Unos pobres soldados del regimiento de Inválidos Hábiles vigilaban con desidia una puerta cuyos arcos laterales estaban tapiados. Tras atraversarla se encontraba con una plazoleta de la que partían, formando un tridente, tres caminos desiguales flanqueados por olmos, unos árboles extraños en estas latitudes que en los documentos son denominados álamos negros.

El camino de la derecha trepaba por una áspera ladera para bifurcarse en dos direcciones, una hacia las Torres Bermejas y otra hacia el Convento de los Mártires. Este camino era un viacrucis en el que las estaciones del martirio de Cristo conducían al amplio paseo con cruces de piedra que precedía al convento. Las Torres Bermejas y el paseo de los Mártires estaban comunicados por un sinuoso sendero con amplias vistas a la Vega y Sierra Nevada. Solo un elemento podía turbar el disfrute de tan hermoso paisaje, la picota conocida como Niño del Rollo, un pilar con ganchos del que se colgaban miembros mutilados a los reos ejecutados.

Camino de subida a torres Bermejas (Westall y Estcourt, 1827)

El camino central era más ancho y regular, y se conocía como alameda Principal o de los Carros. El primer hito que se encontraba al afrontar la subida de la cuesta era la Fuente de la Palma, también conocida como Redonda o Grande, rodeada por unos poyetes. La fuente constaba de una taza redonda con un surtidor central con forma de columna. Más adelante se encontraba la Fuente de los Picos o de los Cuatro Álamos, que tenía dos pilas triangulares, las cuales parece que se hicieron valiéndose de unas piedras de tonalidad oscura almacenadas en la Alhambra para las obras del Palacio de Carlos V. Alrededor de ella había unos bancos formando media luna y muy próxima estaba la llamada cruz del Bosque, sostenida por una columna nazarí. Al continuar el camino se llegaba a la Fuente del Tomate, en la que destacaba una taza gallonada elevada sobre un fuste. Todas estas fuentes rara vez manaban agua porque sus cañerías estaban atoradas.

Cruz del Bosque. Fotografía: J. M. Barrios. 2003.

A la izquierda arrancaba la cuesta Empedrada, el principal acceso peatonal a la Alhambra y por tanto el que más hitos presentaba en su recorrido. El primero era una pequeña ermita dedicada al Santo Cristo, pocos metros más arriba una hermosa cruz levantada por un artillero y al otro lado un pilar colocado en tiempos de Fernando VI. Este pilar resultó destruido por la caída de un árbol durante la Guerra de la Independencia y fue reconstruido en 1828, colocándose entonces una inscripción que mencionaba a Fernando VII. La empinada cuesta concluía en el monumental Pilar de Carlos V, que entonces no tenía frente a él una plazoleta con fuerte inclinación. Al girar se alzaba majestuosa la Puerta de la Justicia. Esta puerta conectaba con la Fuente del Tomate mediante un paseo arbolado que en la época de los Austrias se conocía como alameda de la Carrera, porque servía para realizar competiciones ecuestres. Con el tiempo pasó a ser denominada alameda Alta, nombre que todavía se utilizaba en el romanticismo.

Fuente del Tomate y la Puerta de los Picos en ruinas (dibujo de Richard Ford, 1831)

Desde la glorieta de la Fuente del Tomate partía el paseo del Generalife, que enlazaba con las viviendas de acceso a las huertas de esta almunia, llamadas casas de Fuentepeña o de la Mimbre. En este lugar serían edificadas a mediados del siglo dos fondas que competerían entre sí por atraer al creciente número de turistas.
Estas son las alamedas que recorrió José Bonaparte en marzo de 1810. Con ocasión de su visita se arreglaron las cañerías y las fuentes brotaron tras muchos años de abandono. Pero el ruido del agua no tardaría en ser ahogado por la explosión de las minas que el mariscal Soult ordenó colocar cuando las tropas napoleónicas se retiraron en septiembre de 1812. Toneladas de escombros de la muralla sur de la Alhambra cayeron sobre las alamedas, que de esta manera tan aparatosa entraban en el periodo romántico. Las alamedas entraron en una etapa de abandono, y durante unos años pasaron por ellas los carros que conducían los cadáveres al cementerio de los Alixares. Los enterradores acumulaban durante el día los cadáveres en la ermita del Santo Cristo, para luego llevarlos todos juntos al camposanto. Esto ofrecía un dantesco espectáculo que desanimaba a los que deseaban pasear por el lugar. Finalmente el gobernador de la Alhambra prohibió este lúgubre espectáculo y la propia ermita, convertida en casilla de la guardia, acabó por desaparecer.

En estos tiempos hubo en las alamedas, en el sendero que subía hacia los Mártires, una taberna en una cueva llamada de la Mala Muerte. En ella se reunirían algunos de los contrabandistas que gustaban de frecuentar esta zona, menos vigilada que la ciudad.

En 1827 el voluntarioso gobernador Francisco de Sales Serna inició la recuperación de las alamedas. Se plantaron nuevos árboles, se arreglaron cañerías, se ensancharon caminos y, sobre todo, se convirtieron en glorietas lo que hasta entonces eran confluencias de caminos. Con este gobernador las agrestes alamedas tomaron el aspecto de paseos, y bajo esta denominación serían conocidas a partir de entonces. Por desgracia, ulteriores reformas eliminaron o sustituyeron las fuentes históricas del paseo central, ninguna de las cuales pervive hoy (las dos que podemos ver actualmente datan de la segunda mitad del siglo XIX).

Los primeros faroles de aceite se colocaron en 1858. Hasta ese momento la oscuridad más absoluta había reinado en las alamedas, lo que, por cierto, nunca había impedido que muchas personas acudieran a ellas en las calurosas noches de verano. Con motivo de la visita de Isabel II en 1862 los paseos fueron engalanados con arcos de luz formados por faroles venecianos de vivos colores. También se iluminaron las Torres Bermejas y la Puerta de la Justicia, dándole un aspecto aún más sugestivo al recorrido de los carros bajo la bóveda arbolada. Años después se convertiría en tradición iluminar los paseos en las fiestas del Corpus, cuando los granadinos subían a disfrutar de los conciertos que se celebraban en el Palacio de Carlos V.

Ahora puedes conocer más información sobre lo que pasaba en la Alhambra y en la ciudad de Granada en los momentos previos al año 1870, fecha en la que la Alhambra es declarada Monumento Nacional, para ello recomendamos la lectura del artículo de Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz, titulado En torno a 1870: La revolución liberal y su influjo en Granada y la Alhambra, publicado en la revista Cuadernos de la Alhambra, Nº49.

Autor del artículo: Juan Manuel Barrios Rozúa. Profesor e investigador de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Granada.

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